Por lo tanto, ¿qué educación?

Como se puede apreciar, las presiones en materia de educación que ejercerán los miembros de esta primera generación y las subsecuentes, se producen en dos sentidos: el primero, por la igualdad de acceso al sistema educativo y por la persistencia en la demanda de mayores grados de escolaridad; todo hace suponer, según las nuevas proyecciones demográficas, que se mantendrá una meseta estacionaria de población infanto-juvenil cuando menos hacia el año 2022,13 que en el contexto de volver obligatoria la educación media superior, adicionará las presiones a las familias, a los propios jóvenes y a la estructura educativa para seguir manteniendo y acrecentando el sistema escolar.

La segunda vertiente tiene que ver con la urgente necesidad de dar sentido a la permanencia en la escuela, en función de las características actuales de las generaciones jóvenes y sus expectativas, para que no se produzca esa especie de “caja negra”, donde los jóvenes no saben qué deben aprender y los docentes no saben qué enseñar. Pues como bien sabemos, si bien las causas de abandono de la escuela en los jóvenes se produce en primer lugar por cuestiones económicas (38%, ENJ 2010), hay 17.3% que sale de las aulas por cuestiones internas de la escuela, sobresaliendo que la mayoría de ellos y ellas son los que declaran que se aburren, proporción que se acentúa entre los jóvenes varones de 12 a 14 años (23.8%, ENJ 2010). Lo cual implica que además de generar mecanismos de apoyo para que los asuntos económicos no sigan expulsando jóvenes de la escuela, hay que pensar en nuevas formas pedagógicas para la convivencia docente-estudiante y de estructura y relación en el salón de clase, sobre todo en el nivel de secundaria y nivel medio superior.

Una serie de elementos contribuiría a replantear el vínculo pedagógico que ahora en muchos casos se ha perdido; a continuación enumeraremos 10 elementos que creemos centrales para empezar con este cambio; no están ordenados por importancia, si no la totalidad transformaría la escuela, tampoco son todos, pero concentran un buen número de propuestas planteadas desde diferentes enfoques:

1.    Consultar a los niños y jóvenes sobre su propio proceso educativo. Todas las reformas educativas que hasta la fecha se han realizado, no han tenido la disposición o habilidad para preguntarles a las nuevas generaciones sobre los problemas que les afectan; y su formación es uno de los retos más relevantes que enfrentan. Bajo la perspectiva adultocéntrica, los alumnos no tendrían por qué opinar, pues no se les considera capaces para emitir una opinión informada. La realidad es que esto no es verdad: con los adecuados enfoques e instrumentos, la voz de los estudiantes podría darnos una perspectiva novedosa. Las evaluaciones sistemáticas sobre los procesos educativos han olvidado que uno de los actores principales de los mismos es el educando, y nunca les han preguntado a los jóvenes sobre su percepción en torno a ese proceso. Si existiera una medición permanente desde los estudiantes de cómo avanza o retrocede el proceso educativo, tendríamos mayores posibilidades de desarrollar las estrategias más pertinentes.

2.    Reconstruir el proceso pedagógico maestro-alumno. Cualquier transformación que se quiera realizar en el sistema educativo nacional, si no se considera una estrategia concreta y precisa respecto de los docentes, no tendrá el efecto deseado. Y una de las prioridades centrales a modificar es la relación que establece el profesor con el niño/joven estudiante, pues el modelo de comunicación escolar está roto, dado que el maestro ya no es el único canal de conocimiento y por lo tanto no le quedan más que los mecanismos autoritarios para establecer el orden en el salón de clases y en la misma escuela. De aquí que necesitemos formar un nuevo tipo de docente, que pueda establecer su autoridad por mecanismos de prestigio, conocimiento y experiencia y no con autoritarismo. Dado que no se puede más que empezar a trabajar en paralelo con lo existente, se podría diseñar y estructurar un proceso de formación especializado de docentes y de funcionarios educativos con grupos piloto en todo el país, de manera que en tres años puedan salir a nuevas estructuras escolares (físicas y de organización), para paulatinamente ir modificando el resto de las escuelas.

3.    Abrir la escuela y situarla. Ya es común ver cómo a la escuela se le levantan muros y retenes; y entre más altas sean las paredes y más estrictas las aduanas, las escuelas estarán más seguras. Pero más bien deberíamos volver a los orígenes de la escuela, que nació enclavada en sus propia comunidad, respondiendo a las necesidades de sus miembros y haciéndolos partícipes del proceso pedagógico. La escuela entonces se podrá convertir en centro de iniciativas y vínculos con sus vecinos, en articuladora cultural, en agente de democracia y en la restauradora de las solidaridades dañadas. En un plan educativo integral, las escuelas deberán pensarse como extensiones de la comunidad, en donde se propicie la vinculación entre los distintos actores sociales y la cohesión social. La escuela sin comunidad no puede educar. Por otra parte, si en la constitución del país como nación fue relevante tener un enfoque único que lograra la identidad mexicana, ahora es fundamental que el juego se construya entre lo local, lo nacional y lo global. No se puede seguir estandarizando esferas que deben estar vinculadas con las particularidades de determinada zona o región, pero tampoco se puede pensar y operar la educación como si se viviera aislados del mundo; los intercambios nacionales y locales deben ser una vertiente en la nueva escuela.

4.    Construir una nueva pedagogía con las tecnologías. Aunque muchas de las pedagogías usadas están vinculadas con las tecnologías electrónicas, en realidad se repiten los mismos esquemas tradicionales; por lo tanto, es necesario elaborar nuevas pedagogías que incorporen plenamente las lógicas de esas tecnologías, en una relación más dinámica y menos acartonada. Las escuelas tendrían que procurar acompañar a los estudiantes ante un cúmulo de fuentes de información tan amplia y abundante como se tiene hoy en día, conducir la navegación de los estudiantes por esas fuentes de información. La alfabetización tecnológica es fundamental porque el acceso a la información y a los medios de comunicación puede estar confirmado para las nuevas generaciones, pero no es condición suficiente para garantizar el discernimiento, la comprensión y el análisis de la información. En el mismo sentido, es de suma importancia que se reconozcan los distintos procesos de adquisición de conocimientos fuera de las escuelas y se generen procesos educativos distintos de los tradicionales.

5.    Quitarle la rigidez al proceso educativo. La experiencia escolar tiene tres elementos: la tradición o proceso de integración; el estratégico o de innovación; y el subjetivo o que da sentido (Dubet, 2010); la mayoría de las veces se trabaja con el de la tradición aprendiendo los legados, pero poco se fomentan los otros dos que quizá necesitan otros ambientes para des­arrollarse. Por lo tanto, la experiencia escolar integral debería realizarse no sólo en el espacio físico de la escuela, pues ahí no sucede la totalidad de los eventos, sino que los estudiantes tendrían que conocer “otros espacios” dentro de su proceso formativo y quizá otras temporalidades. La nueva estructura organizativa deberá estar abierta a formas menos rígidas que respondan a las propias habilidades, conocimientos, experiencias y temporalidades de su eje central que son los niños y jóvenes estudiantes; por lo que se deben discutir cuestiones como ¿por qué el aprendizaje se debe realizar únicamente en el salón de clases?, ¿por qué en una sola escuela?, ¿por qué en periodos continuos y no en intervalos atravesados por periodos donde se generen otras experiencias (laborales, solidarias, de convivencia)?, ¿por qué separar la escuela de la cultura o del barrio?, ¿por qué la empresa se debe deshacer de su compromiso educativo con los jóvenes trabajadores?

6.    Desarrollar las solidaridades más que las competencias. La formación por competencias que en los últimos años se ha impulsado, ha perdido un aspecto central del proceso de formación de los jóvenes estudiantes, el de la comunidad; en el afán por generar trabajadores competentes, se ha corroído el carácter de la solidaridad que necesariamente implica una formación integral (71.1% de los jóvenes no participa en ningún tipo de organización; ENJ, 2010). El individualismo que compite con el otro mediante cualquier estratagema o sin más referencia que el interés propio, hace que los jóvenes no sientan el compromiso por su entorno comunitario, ni por el entorno ambiental. De ahí que la transformación de los procesos de formación respecto de acrecentar el sentimiento de pertenencia colectiva, tan fundamental en la construcción de las identidades de los jóvenes, sea una prioridad.

7.    Articular el conocimiento general con el técnico, y viceversa. En algunas escuelas secundarias y de educación media superior con especialidades tecnológicas, a la fecha, no se ha logrado mostrar el potencial de la enseñanza técnica en la formación de los jóvenes; persiste la percepción de considerarla una instrucción de segundo orden, descuidándose además áreas humanistas. En sentido inverso, las secundarias y los bachilleratos generales perdieron la instrucción que se impartía en cuestiones de oficios que ayudaban a un primer acercamiento práctico a herramientas y trabajos prácticos. Por lo tanto, hay que revisar la conveniencia de homologar los estudios de secundaria y bachillerato con cono­cimientos que combinen tanto las actividades humanísticas como las habilidades técnicas, con la suficiente fuerza y calidad en cada campo para que ambos sean conocimientos aprendidos por los estudiantes y que además éstos salgan con un certificado.

8.    Cambiar normatividades y espacios físicos. El ambiente físico constituye un elemento que puede desarrollar socialidades o impedirlas, por lo que es necesario cambiar la infraestructura física de secundarias y escuelas de educación media superior, por edificaciones abiertas y con posibilidad de convertirse en multiusos para la comunidad; una escuela a la que se le suben cada vez más las bardas, es una escuela que se aísla de su entorno; por el contrario, las escuelas se deben articular con su colectividad, y ser los mayores focos de generación de capital social y cultural, para construir una convivencia más solidaria y más segura en cada barrio o colonia.

9.    Hacer de la ocupación otra escuela. Las empresas-escuela no se han desarrollado en nuestro país y pueden ser una alternativa tanto para los que han desertado del sistema educativo nacional como para capacitar a los mismos estudiantes que todavía están estudiando. La idea central es generar verdaderos empleos con contratos a uno, dos o tres años, donde el joven, además de laborar en una determinada actividad, tenga una serie de cursos y talleres que complementen su formación en rubros paralelos a su actividad econódesarrollo humano, etc.). Los ámbitos económicos no necesariamente se deben restringir a lo industrial, sino que deberían desarrollarse regionalmente, por ejemplo: empresas-escuelas turísticas en las zonas con esta vocación; empresas-escuelas de servicios en las zonas urbanas; empresas-escuelas agroindustriales en zonas agrícolas, etc. El financiamiento de este tipo de empresas puede ser de capital mixto con un programa para que en el mediano plazo sea autosustentable.

10.    Desarrollar políticas de la subjetividad, que no son más que acciones planeadas y programadas de acuerdo con sujetos concretos, no generalidades, sino personas con características definidas, ubicadas en un momento y territorio específicos, con anhelos y demandas precisas. En otras palabras, por primera vez las culturas o identidades juveniles en su diversidad, complejidad y ambigüedad no deben ser subsumidas en una definición de jóvenes que elimine las desigualdades, las diferencias y los conflictos de poder, sino que las introduzca como un factor que necesariamente modificará las relaciones en el ámbito escolar y para las cuales se necesitarán des­arrollar proceso dialógicos. En este sentido, la cultura debe estar totalmente integrada a la escuela; pero también la cultura debe estar abierta a todas las manifestaciones culturales y artísticas que surgen de los jóvenes; por lo tanto, los programas escolares deben incorporar un reconocimiento a esas manifestaciones, utilizándolas para la misma formación de los estudiantes y no como actividades estigmatizadas. Las actividades de este tipo deberán fomentar, en lugar de la pasividad, la sistemática participación de los jóvenes.

 

Precisamente, la meta a la que debemos aspirar es a transformar la escuela, no en su relación con el conocimiento, sino en su relación con el saber; es decir, una relación que dé sentido y valor a los sujetos, niños y jóvenes con quienes se interactúa en el ámbito educativo, en quienes se deberá generar el deseo no sólo de saber más, sino de establecer vínculos significativos con su mundo, con los otros y consigo mismo.



13 Proyecciones realizadas a partir del Censo de Población 2012, por el Seminario de Inveestigación en Juventud-unam (2012).